La Masonería Política en España: jacobinismo fallido, cuartelazo sectario y la escisión de Los Comuneros
📉 El Jacobinismo español: un fracaso anunciado
En España, la falta de apoyo social al constitucionalismo abonó el terreno a las sociedades secretas. Llegó la ola romántica de Rousseau, pero el jacobinismo francés —movimiento nacional de masas con 44.000 centros— no pudo arraigar. Todos los jacobinos de Madrid cabían en un café. Las sociedades patrióticas españolas no pasaron de subsectas raquíticas, incapaces de irradiar influencia fuera de la capital. Mientras, la Iglesia se erigía como el obstáculo único, y el liberalismo, divorciado del pueblo, se convirtió en una secta anticlerical. El órgano natural de esa revolución sin base social sería la Masonería.
⚔️ La alianza fatal: logias y cuarteles
Las primeras logias serias las trajeron los franceses de José Bonaparte y los afrancesados. En 1816 nació en Granada la "sociedad reformada", sin carácter político muy acusado al principio. Pero Cádiz se convirtió en el semillero: allí las logias abrieron sus puertas a los militares y la masonería se trocó en órgano de la revolución liberal. Cuando llegó la expedición para sofocar la independencia americana, la masonería ganó oficiales con un argumento simple: sublevarse significaba quedarse en España; obedecer, embarcar hacia una guerra perdida.
Don Antonio Alcalá Galiano fue el emisario que conectó logias y ejército. En julio de 1819, en una cueva de Alcalá de los Gazules, los conspiradores juraron sobre una espada desnuda derribar a Fernando VII. La revolución se hacía contra la Iglesia pero no en favor del pueblo: la masonería, organismo cerrado y aristocrático, prescindió de las masas y movilizó a un ejército pretoriano, enemigo de la sociedad civil. Como sentencia Ramos-Oliveira: "Se iba a hacer la revolución contra la Iglesia, pero eso no significaba que iba a hacerse en favor del pueblo".
El autor compara con otros países: la masonería no hizo la revolución en ninguna parte. En Francia fue institución subalterna (los banqueros eran jacobinos, no masones). En EE.UU. ser masón le costó la presidencia a Jackson, y el partido antimasón norteamericano nació del escándalo Morgan. Solo en España la secta se convirtió en deus ex machina, una catástrofe para el propio liberalismo.
📯 1 de enero de 1820: Riego y el triunfo sectario
El comandante Rafael del Riego, un oscuro personaje inmortalizado por el martirio, levantó a su regimiento en Cabezas de San Juan y proclamó la Constitución de 1812. No se atuvo al plan previsto, pero el movimiento triunfó. La masonería había asestado un golpe certero al absolutismo. A partir de entonces, jefes y oficiales acudieron en tropel a familiarizarse con la secta.
Pero el nuevo gobierno liberal —ninguno de cuyos ministros era masón, al parecer— no pudo sostenerse sin la aquiescencia de las logias. Argüelles y Valdés tuvieron que ingresar en la secta. La masonería se arrogaba la función de elegir el poder ejecutivo, pero incapaz de gobernar abiertamente, introdujo el caos en la revolución. Increíblemente, absolutistas y masones coincidieron en un punto: ambos estorbaban al gobierno. El padre Cirilo de la Alameda (jefe del absolutismo apostólico) negoció con Alcalá Galiano la posibilidad de un gobierno masónico homogéneo. No fructificó, pero la presión sectaria escindió a la propia masonería.
🏰 Los Comuneros: la escisión democrática (y su fracaso)
El estado llano de la masonería, el sector más próximo al pueblo, consideró que el rito escocés carecía de tradición en España. Invocando la memoria de Padilla y los Comuneros del siglo XVI, fundaron una nueva sociedad secreta: "Los Comuneros" o "Hijos de Padilla". Adoptaron otra liturgia: el castillo como símbolo central, en lugar de la escuadra y el compás. Aspiraban a una organización democrática frente al carácter monárquico-absoluto del Gran Oriente.
Los Comuneros arrastraron a casi todos los sargentos, pero persistieron en las fórmulas masónicas. No supieron desprenderse de la lógica sectaria para tomar rango de partido político abierto. En 1822, Riego ya era gran jefe de la masonería oficial, y ambas sectas se disputaban la clientela con el celo de competidores de la misma industria. La masonería constituyó un gobierno que Fernando VII aprobó, con estrepitosa protesta de los Comuneros, que exigían representación ministerial.
Ramos-Oliveira concluye: la masonería no perseguía los intereses de la revolución, sino los suyos propios. La reiterada expulsión de los jesuitas era una política superficial. Desconectada de las masas y con ribetes religiosos, la secta era incapaz de una transformación profunda. Y lo peor: normalizó la intervención del cuartel en política, quebró la disciplina militar y entrenó a los militares en el pronunciamiento, un mal endémico que marcaría todo el siglo XIX español.
Iconografía masónica española
Resumen crítico · Se han mantenido las negritas para enfatizar conceptos clave (tesis del autor, personajes, fechas y juicios históricos).