El Califato Omeya (Banu Umayya) constituye la primera gran dinastía del Islam, transformando la comunidad de creyentes en un Estado imperial con capital en Damasco. Su gobierno extendió la soberanía musulmana desde el valle del Indo hasta la península Ibérica, forjando una administración arabizada y centralizada que sentó las bases de la civilización islámica clásica. Fue también un período de extraordinarias tensiones internas: las heridas del primer fitna (guerra civil) y el martirio de Husayn en Karbala marcaron la fractura definitiva entre suníes y chiíes.
Contexto y advenimiento: Tras el asesinato del califa ‘Ali (661), el gobernador de Siria, Mu‘awiya ibn Abi Sufyan, se impuso como único soberano. Hijo del líder de la Meca que había combatido a Mahoma, Mu‘awiya pertenecía al clan omeya de los Quraysh. Hábil político, estableció un sistema de sucesión dinástica, aunque manteniendo el consejo (shura) como formalidad. Siria, bien organizada desde época bizantina, se convirtió en el centro del poder. Durante los siguientes 90 años los omeyas expandieron el Islam hacia el este (Transoxiana, Sind) y el oeste (Magreb, Hispania).
Organización y cultura: Adoptaron estructuras administrativas bizantinas y sasánidas: el griego y el persa siguieron usándose hasta que ‘Abd al-Malik arabizó la burocracia y acuñó moneda propia (dinares de oro). Grandes obras arquitectónicas como la Cúpula de la Roca en Jerusalén y la Mezquita de Damasco proyectaron el prestigio del nuevo Estado. No obstante, el descontento de los mawali (conversos no árabes) y el rigor de algunos gobernantes alimentaron la oposición. Los abasíes, aprovechando el descontento en Jorasán, derrocaron a la dinastía en 750. Un príncipe omeya, ‘Abd al-Rahman I, escapó a al-Ándalus y fundó un emirato independiente en Córdoba que perduró tres siglos, proclamándose califato en 929.
Legado: El período omeya definió la identidad islámica suní, consolidó el árabe como lengua administrativa y cultural, y legó monumentos únicos. En Occidente, el Califato de Córdoba alcanzó cotas de esplendor que rivalizaron con Bagdad. La presente relación incluye a todos los califas de la rama sufyaní y marwaní de Damasco, así como los emires y califas omeyas de Córdoba, siguiendo las crónicas de al-Tabari, Ibn al-Athir y las fuentes andalusíes.
La dinastía continuó con al-Hakam II, Hisham II, Muhammad II, Sulaymán, ‘Abd al-Rahman IV, V, VI, VII... hasta la disolución del Califato en 1031 (reyezuelos de taifas). Pero la lista esencial recoge hasta el gran ‘Abd al-Rahman III.
El Califato Omeya transformó para siempre el mundo islámico, fusionando administración, arte y fe, y dejando un legado que perdura en la memoria de Oriente y Occidente.