La Guerra de los Cien Años fue el conflicto medieval más prolongado y transformador de Europa occidental. Más que una única guerra, fue una sucesión de enfrentamientos dinásticos, económicos y culturales entre los reinos de Inglaterra y Francia, que se extendió desde 1337 hasta 1453. El origen fue una disputa sucesoria al trono francés tras la muerte de Carlos IV de Francia sin heredero directo: Eduardo III de Inglaterra, nieto de Felipe IV el Hermoso por línea materna, reclamó la corona francesa frente a Felipe VI de Valois. Lo que comenzó como una querella nobiliaria se convirtió en un conflicto que forjó las identidades nacionales de ambos países, devastó regiones enteras y transformó el arte de la guerra con la llegada del arco largo inglés, la pólvora y la artillería.
El conflicto atravesó tres grandes fases, intercaladas con largas treguas y epidemias de peste negra. Francia sufrió humillantes derrotas en Crécy (1346) y Poitiers (1359), pero logró recuperarse bajo el liderazgo de Carlos V y, sobre todo, gracias al impulso patriótico encarnado por Juana de Arco, cuya intervención marcó un punto de inflexión definitivo. La guerra terminó con la expulsión casi total de los ingleses del continente, dejando solo Calais en manos inglesas. El legado fue inmenso: nacimiento de los estados modernos, consolidación de la monarquía francesa, fortalecimiento del Parlamento inglés y un cambio profundo en la mentalidad caballeresca medieval.
La raíz de la Guerra de los Cien Años se halla en la compleja sucesión de la dinastía Capeto, que gobernaba Francia desde el siglo X.
Tras la muerte de Carlos IV en 1328, los tres hijos varones de Felipe IV el Hermoso habían fallecido sin dejar descendencia masculina. Esta crisis sucesoria dejaba el trono francés vacante sin un heredero directo por línea paterna.
El trono pasó entonces a Felipe VI de Valois, primo de los reyes difuntos, elegido por una asamblea de nobles y prelados franceses. Sin embargo, Eduardo III de Inglaterra, hijo de Isabel de Francia (hermana de los tres últimos reyes), reclamó el trono como el descendiente más próximo por línea femenina.
La nobleza francesa, apegada a una interpretación estricta de la ley sálica —que excluía a las mujeres de la sucesión al trono—, prefirió a Felipe VI para evitar que la corona recayera en un monarca extranjero. Eduardo III aceptó inicialmente la decisión y rindió homenaje por sus posesiones en Aquitania, pero las tensiones subyacentes no hicieron sino crecer.
Los conflictos por el ducado de Aquitania (un vasto feudo inglés en territorio francés) y las disputas comerciales en Flandes, región clave para el comercio de la lana, llevaron a la ruptura definitiva en 1337, cuando Eduardo reafirmó su título de rey de Francia y desafió abiertamente a Felipe VI.
Más allá de la disputa dinástica, la guerra estalló por tensiones estructurales que llevaban décadas gestándose. El rey de Inglaterra era vasallo del rey de Francia por sus posesiones en Aquitania, una relación de vasallaje cada vez más insostenible, ya que el monarca inglés se negaba a cumplir con todas las obligaciones feudales.
Felipe VI confiscó Aquitania en 1337 como castigo por la desobediencia de Eduardo III, lo que desencadenó la guerra de manera inmediata. Además, ambos reinos competían por el control de Flandes, una rica región textil que dependía de la lana inglesa para su industria y que, sin embargo, era formalmente un feudo francés.
La lucha por la hegemonía comercial y la autonomía de las ciudades flamencas añadió una dimensión económica decisiva: los comerciantes y artesanos flamencos apoyaban a Inglaterra por interés, mientras que sus condes permanecían leales a Francia. Las tres grandes epidemias de peste negra (1348-1350) afectaron a ambos bandos con una mortalidad sin precedentes (entre un 30% y un 50% de la población), pero no detuvieron la guerra, solo la ralentizaron temporalmente.
Eduardo III lideró campañas devastadoras en el norte de Francia, combinando la táctica del "chevauchée" (campañas de saqueo y tierra quemada) con el objetivo de debilitar la economía francesa y forzar a los ejércitos reales a presentar batalla en condiciones desfavorables.
El punto álgido de esta fase llegó con la batalla de Crécy (1346), donde los arqueros ingleses de arco largo masacraron a la caballería pesada francesa. Fue el principio del declive de la supremacía caballeresca tradicional, ya que los caballeros, desordenados y agotados, cargaban contra una lluvia de flechas que diezmaba sus filas antes de llegar al contacto.
Tras la conquista de Calais (1347), que se convirtió en una base estratégica inglesa durante más de dos siglos, la peste negra detuvo las operaciones militares durante varios años. La guerra se reanudó en 1355 bajo el mando del Príncipe Negro, Eduardo de Woodstock, hijo mayor de Eduardo III, conocido por su ferocidad y habilidades tácticas.
En la batalla de Poitiers (1356), las tropas inglesas no solo vencieron nuevamente a los franceses, sino que capturaron al rey Juan II de Francia, lo que sumió al reino en una grave crisis política y financiera. El Tratado de Brétigny (1360) supuso una enorme cesión territorial a Inglaterra (cerca de un tercio de Francia, incluyendo Aquitania, Ponthieu y Calais) y un rescate millonario por la liberación del rey francés.
El rey Carlos V el Sabio, inteligente y enfermizo, asesorado por el brillante condestable Bertrand du Guesclin, cambió por completo la estrategia militar francesa. Evitó las batallas campales, donde los ingleses eran superiores, y optó por la guerra de desgaste, atacando guarniciones, hostigando a los ejércitos enemigos y evitando cualquier enfrentamiento decisivo.
Carlos V reorganizó la artillería, mejoró las fortificaciones y fomentó la guerra de guerrillas. De este modo, recuperó casi todos los territorios perdidos en la fase anterior, reduciendo la presencia inglesa a unas pocas plazas costeras como Calais, Burdeos y Bayona.
Inglaterra, sumida en problemas internos —como la revuelta campesina de 1381 y los comienzos de la Guerra de las Dos Rosas—, firmó treguas sucesivas sin capacidad para responder a las ofensivas francesas. La fase terminó sin un tratado definitivo, pero con Francia en una posición de fuerza y con la moral restaurada.
En 1415, Enrique V de Inglaterra reanudó la guerra con una victoria aplastante en Azincourt, donde repitió el éxito táctico de Crécy a pesar de estar en inferioridad numérica. Los arqueros ingleses volvieron a diezmar a la caballería francesa, y Enrique V conquistó Normandía.
Tras largas negociaciones, el Tratato de Troyes (1420) desheredó al delfín Carlos (hijo de Carlos VI de Francia) y designó a Enrique V como heredero del trono francés, casado con Catalina de Valois. Sin embargo, las muertes casi simultáneas de Enrique V (1422) y Carlos VI (1422) sumieron el acuerdo en el caos político.
La intervención providencial de Juana de Arco en 1429 levantó el sitio de Orleans, un punto de inflexión moral y militar. Juana, una joven campesina que decía escuchar voces divinas, acompañó al delfín Carlos hasta Reims, donde fue coronado como Carlos VII, revitalizando la legitimidad de la monarquía francesa.
Juana fue capturada por los borgoñones (aliados de los ingleses) y vendida a los ingleses, que la quemaron en la hoguera en Ruan en 1431 acusada de herejía. Pero su legado moral unió a Francia y despertó un sentimiento nacional contra el ocupante inglés.
Carlos VII reorganizó el ejército, creó la primera artillería real permanente y profesionalizó las tropas. En 1453 conquistó Burdeos, la última gran plaza inglesa. Solo Calais quedó en manos inglesas hasta 1558. Con estos hechos concluyó la Guerra de los Cien Años, aunque nunca se firmó un tratado de paz formal.
| Aspecto | Inglaterra | Francia |
|---|---|---|
| Ventajas iniciales | Arco largo (alcance y cadencia), disciplina, tácticas defensivas. | Mayor población, economía agraria rica, caballería pesada. |
| Estrategias | Chevauchée (devastación económica), batallas campales selectivas. | Evolución desde choque frontal a guerra de desgaste y artillería. |
| Figuras clave | Eduardo III, Príncipe Negro, Enrique V, Juan de Lancaster. | Felipe VI, Juan II, Carlos V, Bertrand du Guesclin, Juana de Arco, Carlos VII. |
| Resultado final | Pérdida de casi todas las posesiones continentales, crisis dinástica interna (Guerra de las Dos Rosas). | Unificación territorial, fortalecimiento del poder real, ejército profesional. |
La guerra aceleró el declive del feudalismo y el surgimiento de estados centralizados. Francia consolidó su identidad nacional y un ejército permanente; Inglaterra desarrolló un nacionalismo propio y fortaleció el Parlamento. La caballería perdió su rol hegemónico frente a la infantería y la artillería.
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La Guerra de los Cien Años es el crisol donde se forjaron las identidades nacionales de Francia e Inglaterra. En Francia, Juana de Arco se convirtió en símbolo de la patria y en santa de la Iglesia católica. En Inglaterra, el rechazo a la corona francesa y a la autoridad papal generó un sentimiento insular que influiría en la Reforma anglicana. La literatura y la crónica (Froissart, Monstrelet) alimentaron el mito caballeresco, mientras que los nuevos impuestos permanentes y los ejércitos profesionales sentaron las bases del estado moderno. El final de la guerra en 1453 dejó a Inglaterra sumida en la Guerra de las Dos Rosas, mientras Francia comenzaba su camino hacia la hegemonía continental.
[1] Contamine, P. (1980). La guerra en la Edad Media. Barcelona: Labor.
[2] Curry, A. (2002). The Hundred Years' War. Oxford: Osprey.
[3] Sumption, J. (1990-2015). The Hundred Years' War (4 vols.). University of Pennsylvania Press.
[4] Allmand, C. (1988). The Hundred Years' War: England and France at War, c.1300–c.1450.
[5] Pernoud, R. (1965). Juana de Arco. Madrid: Rialp.