Las noticias acerca de la venida de los judíos a la Península Ibérica son confusas, y existe, por tanto, gran dificultad para fijar con certeza la época de llegada de los primeros núcleos israelitas. Por una parte, Estrabón y Josefo Flavio hablan de una expedición en tiempos de Nabucodonosor; por otra, el comercio de las naves de Tarsis parece que trajo algunos hebreos a nuestras costas, especialmente en la época de Salomón, según dicen antiguas tradiciones judaicas, e, incluso, se habla de la posibilidad de fundación de algunas ciudades, cuyos nombres se asemejan a los de otras poblaciones bíblicas. Lo más probable es que no vinieran grandes grupos de emigrantes hasta después de la destrucción de Jerusalén por Tito (70 d. J. C.) y de la persecución de Adriano (año 135) para reprimir el levantamiento de Barcokebas en Palestina.
El monumento más antiguo digno de crédito, que indica la existencia de judíos en España, es una inscripción funeraria hallada en Abdera, de fines del siglo III. El primer gran documento auténtico de importancia, que habla claramente de ello, son los cánones del concilio de Illíberis (300-303), en los que se prohíbe a los cristianos contraer relaciones de parentesco con los judíos, sentarse a la mesa con ellos y algunas otras cuestiones más.
De varia suerte, condición y actividad, unos eran conversos sinceros o de lejana estirpe judía y otros judaizantes o sospechosos. Todos ellos contribuyeron al rico tapiz de la historia y la cultura española.