Desde los berserkers vikingos y el primer reino unificado por Gorm el Viejo hasta la moderna monarquía constitucional y el estado de bienestar. Dinamarca ha forjado un imperio nórdico, la Unión de Kalmar, guerras interminables con Suecia, la Reforma luterana, la ocupación nazi y una de las sociedades más igualitarias del mundo. A continuación, una crónica extensa y las biografías de todos los monarcas que construyeron la nación danesa.
La historia de Dinamarca como reino unificado comienza alrededor del siglo VIII con la Era Vikinga (793–1066). Los pueblos escandinavos (daneses, noruegos, suecos) realizaron incursiones por toda Europa, desde las islas británicas hasta Constantinopla. Según las crónicas, el primer rey de la dinastía real danesa fue Odin legendariamente, pero históricamente se reconoce a Gorm el Viejo (c. 936 – c. 958) como el primer rey documentado de Dinamarca, quien gobernó desde Jelling. Gorm y su esposa Thyra son considerados los unificadores del país. Su hijo Harald Dienteazul (Blåtand) cristianizó Dinamarca hacia el 965, ergió la famosa piedra rúnica de Jelling y consolidó el reino. La Dinamarca vikinga se expandió con Svend I Tveskæg (986–1014), quien conquistó Inglaterra, y su hijo Canuto el Grande (1018–1035) creó un enorme imperio nórdico que incluía Dinamarca, Noruega, Inglaterra y partes de Suecia. Tras la muerte de Canuto, el imperio se desmoronó, pero Dinamarca siguió siendo una gran potencia nórdica.
Entre los siglos XI y XII hubo luchas dinásticas y guerras civiles, hasta que Valdemar el Grande (1157-1182) restauró la autoridad real. Su hijo Valdemar el Victorioso (1202-1241) conquistó el norte de Alemania y expandió el reino hacia Estonia, donde según la tradición cayó la bandera danesa, el Dannebrog, en 1219. Dinamarca se convirtió en una potencia báltica dominante.
En 1397, la gran Reina Margarita I (1353-1412), hija del rey Valdemar IV, unificó Dinamarca, Noruega y Suecia en la Unión de Kalmar, un imperio personal bajo una sola corona. Margarita, viuda del rey Haakon VI de Noruega, demostró ser una estratega brillante: gobernó a través de su hijo adoptivo Eric de Pomerania. Durante la Unión, Dinamarca fue la potencia hegemónica de Escandinavia. Sin embargo, las tensiones con Suecia (especialmente por el control del comercio báltico) llevaron a rebeliones. La Unión se fragmentó definitivamente en 1523 cuando Gustavo Vasa se independizó en Suecia, aunque Noruega permaneció unida a Dinamarca hasta 1814.
En 1536, el rey Cristián III impuso la Reforma luterana en Dinamarca, nacionalizando las propiedades de la Iglesia católica y estableciendo la Iglesia del Pueblo Danés. Durante el reinado de Cristián IV (1588-1648), el más largo de la historia danesa, el país vivió un esplendor cultural y militar: fundó Copenhague como capital moderna, creó la Bolsa de Valores (Børsen) y participó en la Guerra de los Treinta Años como defensor del protestantismo. Sin embargo, las guerras con Suecia fueron desastrosas: el Tratado de Brömsebro (1645) y el Tratado de Roskilde (1658) obligaron a Dinamarca a ceder Escania, Halland, Blekinge, Bornholm y Noruega (excepto las dependencias islandesas). La soberanía danesa quedó reducida a su actual territorio más Islandia, Groenlandia y las Islas Feroe.
Tras la humillación militar, Federico III instauró la monarquía absoluta hereditaria en 1660 mediante la Kongeloven (Ley Real), la única constitución absolutista escrita en Europa. Los monarcas absolutos gobernaron sin parlamento hasta 1849. En las Guerras Napoleónicas, Dinamarca se alió con Francia, lo que provocó el bombardeo británico de Copenhague (1807) y la pérdida de su flota. En 1814, por el Tratado de Kiel, Dinamarca cedió Noruega a Suecia, conservando Groenlandia, Islandia y las Feroe. La bancarrota nacional y el despertar liberal condujeron a la adopción de la Constitución de 1849 bajo Federico VII, que estableció la monarquía constitucional con un parlamento (Folketinget) y sufragio censitario, aunque luego universal.
La Constitución de 1849 supuso el fin del absolutismo. En 1864, Dinamarca sufrió una devastadora derrota frente a Prusia y Austria en la Segunda Guerra de Schleswig, perdiendo los ducados de Schleswig, Holstein y Lauenburg. Fue una pérdida territorial que redujo el país en un tercio de su superficie y consolidó la identidad nacional danesa. Tras la unificación alemana, Dinamarca mantuvo una política de neutralidad. A finales del siglo XIX, surgieron los primeros partidos socialdemócratas y el movimiento cooperativista agrario. En 1915 se otorgó el sufragio femenino.
Dinamarca declaró su neutralidad al estallar la Segunda Guerra Mundial, pero el 9 de abril de 1940 Alemania invadió el país (Operación Weserübung). El gobierno danés capituló rápidamente, permitiendo una "ocupación protectora" relativamente benigna al principio. Sin embargo, a partir de 1943 creció la resistencia armada. En un acto heroico, la mayoría de los judíos daneses (cerca de 7.200) fueron evacuados en barco a Suecia neutral, salvando sus vidas. El rey Cristián X (1912-1947) se convirtió en un símbolo de la moral nacional, paseando a caballo diariamente por Copenhague. Tras la derrota alemana en mayo de 1945, Dinamarca recuperó la independencia. Islandia, que había sido danesa, se independizó definitivamente en 1944.
Tras la guerra, Dinamarca optó por el modelo de estado de bienestar, con altos impuestos y servicios públicos universales. Ingresó en la OTAN en 1949, renunció a la energía nuclear, y en 1973 se unió a la Comunidad Económica Europea (hoy UE), aunque mantuvo opt-outs (no al euro, no a la defensa común). El reinado de Margarita II (1972-2024) marcó 52 años de estabilidad constitucional, modernización de la monarquía y gran popularidad. Dinamarca se convirtió en referente mundial en energías renovables (eólica), igualdad de género y calidad de vida. En 2024, Margarita abdicó voluntariamente, y su hijo asumió como Federico X. En 2025 y 2026, Dinamarca continúa siendo uno de los países más felices y prósperos, aunque debates sobre inmigración, cambio climático y el modelo de bienestar persisten. La familia real danesa mantiene un rol protocolario y unificador.



La monarquía danesa es la más antigua de Europa (con más de 1200 años de historia ininterrumpida). Desde Gorm el Viejo hasta Federico X, los reyes y reinas han guiado el destino del país a través de guerras, reformas, ocupación y construcción de un modelo igualitario. La dinastía de los Glücksburg, que comenzó con Cristián IX en 1863, ha sabido evolucionar del absolutismo a una democracia parlamentaria donde la corona es símbolo de unidad, tradición y modernidad. Hoy, la familia real danesa es una de las más respetadas del mundo, combinando cercanía con el pueblo y compromiso con los valores del estado de bienestar.