La historia de Francia es el relato de la construcción de un Estado nación entre los más poderosos y duraderos de Europa. Comienza con el reino franco de Carlomagno (coronado emperador en el año 800), cuyos territorios occidentales dieron origen a la Francia Occidental. Tras el Tratado de Verdún (843), la Francia Occidental evolucionó bajo los últimos reyes carolingios hasta el advenimiento de Hugo Capeto (987), fundador de la dinastía capeta que gobernaría Francia durante más de 800 años.
Desde los Capetos directos, pasando por los Valois —que libraron la Guerra de los Cien Años contra Inglaterra, con Juana de Arco como heroína nacional—, hasta los Borbones que llevaron a Francia a su apogeo con el Rey Sol, Luis XIV. La Revolución Francesa de 1789 abolió la monarquía absoluta y proclamó los derechos del hombre, pero el caos revolucionario llevó al poder a Napoleón Bonaparte, que se coronó emperador en 1804 y extendió el ideal revolucionario por toda Europa a punta de bayoneta.
Tras la derrota de Napoleón, la monarquía fue restaurada, pero la Revolución de 1830 instaló la Monarquía de Julio, y la de 1848 proclamó la Segunda República. Luis Napoleón (sobrino del emperador) dio un golpe y fundó el Segundo Imperio (1852-1870), que terminó en desastre con la guerra franco-prusiana. Nació entonces la Tercera República, un régimen parlamentario que soportó la Primera Guerra Mundial, la crisis de los años treinta y cayó ante la invasión alemana en 1940. El régimen colaboracionista de Vichy, liderado por Pétain, fue combatido por la Francia Libre de Charles de Gaulle. En 1944, tras el Desembarco de Normandía, Francia fue liberada y renació como república.
Las Guerras de Religión francesas constituyen el arquetipo europeo del conflicto confesional del siglo XVI, donde la fractura teológica entre católicos y protestantes (hugonotes) se entrelazó de manera indisoluble con una crisis dinástica, una guerra civil nobiliaria y una profunda reconfiguración del Estado moderno. Lejos de ser una mera disputa dogmática, este conflicto intermitente (ocho guerras entre 1562 y 1598) representó el colapso del consenso monárquico y el laboratorio donde se ensayaron las primeras teorías de tolerancia y soberanía popular.
El detonante no fue solo religioso. Tras la muerte accidental de Enrique II (1559), Francia quedó regida por una triada de reyes débiles: Francisco II (1559-1560), Carlos IX (1560-1574) y Enrique III (1574-1589), todos bajo la influencia de su madre, Catalina de Médici. El vacío de poder permitió que dos casas nobiliarias rivales, los Guisa (ultracatólicos, con base en el noreste) y los Borbón (con simpatías hugonotes, líderes de la "príncipes de la sangre"), compitieran por el control de la Corona. Paralelamente, el calvinismo francés (hugonote) había crecido rápidamente entre la nobleza media, artesanos urbanos y sectores del parlamento; para 1562, cerca del 10% de la población era protestante, pero ese porcentaje incluía hasta el 40% de la nobleza.
La primera guerra (1562-1563) comenzó con la Masacre de Wassy (1 de marzo de 1562), donde los Guisa atacaron a hugonotes reunidos en un granero. La respuesta armada de Luis I de Borbón, príncipe de Condé inauguró un patrón de treguas frágiles y violencia recrudecida. Sin embargo, el punto de inflexión simbólico fue la Noche de San Bartolomé (24 de agosto de 1572): el asesinato masivo de hugonotes en París (entre 2.000 y 3.000 víctimas) y luego en provincias (hasta 10.000) durante las bodas de Enrique de Navarra (futuro Enrique IV) y Margarita de Valois. Tradicionalmente interpretada como un complot premeditado de Catalina de Médici, la historiografía actual (Denis Crouzet, Arlette Jouanna) la ve como una espiral de miedo apocalíptico: los líderes católicos temían un golpe hugonote, y la decisión de eliminar a los jefes protestantes (Coligny y otros) degeneró en una matanza popular incontrolable.
Enrique IV comprendió que no podía gobernar un país católico siendo hugonote. Su abjuración (25 de julio de 1593) —"París bien vale una misa"— fue un acto de raison d'État (razón de Estado). El Edicto de Nantes (abril de 1598) fue el primer edicto de tolerancia en Europa que no se limitaba a una tregua temporal. Garantizaba libertad de conciencia en todo el reino y libertad de culto en determinadas plazas (unas 200 ciudades fortificadas, incluyendo La Rochelle). Además, concedía a los hugonotes acceso a cargos públicos, derechos civiles y tribunales mixtos (las "chambres de l'édit"). El balance demográfico es terrible: entre 2 y 4 millones de muertos (10-15% de la población), con regiones enteras despobladas.
Las Guerras Napoleónicas (1803-1815) constituyen el episodio bélico más trascendental del siglo XIX europeo, un conflicto casi continuo que redefinió el mapa político, militar y jurídico del continente. Lideradas por Napoleón Bonaparte, estas guerras transformaron la naturaleza de la contienda moderna: introdujeron la leva en masa (levée en masse), los cuerpos de ejército autónomos (corps d'armée) y la movilización total de los recursos estatales.
El apogeo continental llegó con Austerlitz (2 de diciembre de 1805), conocida como la "Batalla de los Tres Emperadores". Napoleón fingió una retirada en el ala derecha para atraer al grueso austro-ruso (85.000 hombres) hacia un terreno pantanoso. Luego, el centro francés rompió las líneas enemigas. Prusia fue aplastada en Jena y Auerstädt (14 de octubre de 1806). El Bloqueo Continental (21 de noviembre de 1806) fue su arma maestra para asfixiar económicamente a Gran Bretaña.
La campaña de Rusia (1812) fue el gran error estratégico. Napoleón reunió la Grande Armée más grande jamás vista: 600.000 soldados. Rusia aplicó la táctica de tierra quemada. De los 600.000 hombres, solo regresaron unos 40.000 en condiciones de combatir. La Batalla de las Naciones en Leipzig (16-19 de octubre de 1813) fue el mayor enfrentamiento de las Guerras Napoleónicas: más de 500.000 combatientes. Napoleón fue derrotado y abdicó en 1814. Regresó durante los Cien Días (1815) pero fue derrotado definitivamente en Waterloo (18 de junio de 1815). Las guerras dejaron entre 3,5 y 6 millones de muertos.
La Comuna de París constituye uno de los acontecimientos más fundacionales del movimiento obrero. No fue meramente una insurrección urbana, sino un laboratorio sociopolítico radical que, durante 72 días, desafió las estructuras del Estado moderno y el capitalismo naciente.
El contexto fue la derrota de Francia en la guerra franco-prusiana. París, sometida a un asedio prusiano de cuatro meses, se radicalizó. La Guardia Nacional, un cuerpo de ciudadanos armados electivos, se negó a entregar sus cañones. El 18 de marzo de 1871, las tropas gubernamentales intentaron confiscarlos y fracasaron. Thiers ordenó la evacuación a Versalles. La Comuna fue elegida el 26 de marzo.
La Comuna promulgó decretos revolucionarios: separación de Iglesia y Estado, abolición del trabajo nocturno en panaderías, moratoria de alquileres, elección y revocabilidad de funcionarios, y abolición del ejército permanente. La Semana Sangrienta (21-28 de mayo) terminó con la Comuna: entre 20.000 y 30.000 comuneros fueron ejecutados. Karl Marx, en La Guerra Civil en Francia, la interpretó como el modelo de "dictadura del proletariado".
Denominar «República de Vichy» al régimen que dirigió Philippe Pétain constituye un oxímoron histórico. La Tercera República se suicidó y fue enterrada bajo el lema «Travail, Famille, Patrie» (Trabajo, Familia, Patria).
El 10 de julio de 1940, la Asamblea Nacional otorgó plenos poderes a Pétain por 569 votos contra 80. Pétain proclamó el Estado francés. El régimen colaboró activamente con los nazis. El 3 de octubre de 1940 promulgó el primer Estatuto de los judíos, excluyéndolos de la función pública. La redada del Velódromo de Invierno (16-17 de julio de 1942) fue orquestada por la policía francesa: 13.152 judíos detenidos y deportados a Auschwitz.
En total, de 340.000 judíos residentes en Francia en 1940, unos 76.000 fueron deportados. La Milicia francesa (enero de 1943), paramilitar fascista, actuó como brazo armado de la Gestapo. Tras la Liberación, Pétain fue condenado a muerte (conmutada a cadena perpetua). El discurso de Jacques Chirac en 1995 reconoció la responsabilidad del Estado francés en la deportación: «Francia, país de los Derechos del Hombre, ese día cometió lo irreparable».