Sviatoslav I Ígorevich
r. 962–972 · El último guerrero pagano
Hijo de Ígor de Kiev y de Olga, Sviatoslav Ígorevich nació alrededor del año 942 y fue el primer príncipe de la dinastía Rúrik en llevar un nombre eslavo —Sviatoslav significa "gloria santa"—, símbolo de la creciente asimilación de la élite varega en el mundo eslavo. Cuando su padre fue asesinado por los drevlianos en 945, Sviatoslav tenía apenas tres años. La leyenda recogida en las crónicas cuenta que, durante la campaña de venganza de su madre contra los drevlianos, fue la pequeña mano de Sviatoslav la que lanzó la primera jabalina contra el enemigo, aunque por su corta edad apenas alcanzó a rozar las orejas del caballo. El comandante varego Asmud, que lo acompañaba, exclamó: "¡El príncipe ya ha comenzado! ¡Sigámosle!". Durante su infancia y juventud, su madre Olga gobernó como regente, mientras Sviatoslav se educaba como guerrero. Cuando Olga se bautizó en Constantinopla hacia 957 e intentó convertir a su hijo al cristianismo, Sviatoslav se negó rotundamente, temiendo que sus guerreros se burlaran de él. Permaneció pagano hasta el final de sus días, fiel a los dioses escandinavos y eslavos. Al alcanzar la mayoría de edad y asumir plenamente el poder en 962, Sviatoslav demostró ser uno de los más grandes conquistadores de la Rus medieval. Las crónicas lo describen como un guerrero espartano: "Cuando iba de campaña no llevaba carros ni calderos, ni cocía carne, sino que cortaba finas tiras de caballo o de caza y las asaba sobre las brasas. No usaba tienda, sino que dormía sobre una manta de fieltro con la silla como almohada". Su aspecto era el de un auténtico varego: cabeza rapada con un solo mechón de cabello —símbolo de nobleza—, un pesado arete de oro en la oreja y vestimenta blanca. Su primera gran campaña, entre 964 y 966, lo llevó hacia el este, contra el poderoso Kanato Jázaro, que durante siglos había dominado las rutas comerciales del Volga y el Don. Sviatoslav conquistó la fortaleza jázara de Sarkel —reconstruida como Bélaya Vezha— y, en una campaña fulminante, destruyó la capital jázara, Itil, situada en el delta del Volga, así como la segunda ciudad del kanato, Semender, en el Cáucaso. Los jázaros, que habían sido una potencia temible durante tres siglos, quedaron aniquilados como fuerza política. Sviatoslav también sometió a las tribus de los viatichi, los últimos eslavos orientales que aún pagaban tributo a los jázaros. A continuación, dirigió su mirada hacia los Balcanes. En 968, respondiendo a una invitación del emperador bizantino Nicéforo II Focas —que le pagó con quince mil libras de oro—, Sviatoslav atacó el Primer Imperio Búlgaro. En una campaña relámpago, derrotó a los búlgaros y conquistó ochenta ciudades a lo largo del Danubio. Sviatoslav quedó fascinado por la riqueza y la posición estratégica de Pereyaslavets (la actual Preslav o posiblemente una ciudad cercana a la desembocadura del Danubio) y decidió trasladar allí su capital. Su famosa declaración a su madre Olga resume su visión imperial: "No me agrada vivir en Kiev. Quiero residir en Pereyaslavets, en el Danubio, pues allí está el centro de mi tierra. Allí confluyen todas las riquezas: de Grecia llegan el oro, las telas preciosas, los vinos y las frutas; de Bohemia y Hungría, la plata y los caballos; de Rusia, las pieles, la cera, la miel y los esclavos". Sin embargo, sus sueños balcánicos pronto chocaron con los intereses de Bizancio. En 969, los pechenegos —una confederación de tribus nómadas turcas de la estepa—, probablemente instigados por los bizantinos, sitiaron Kiev. Sviatoslav tuvo que regresar apresuradamente desde Bulgaria para liberar la ciudad, donde su madre Olga agonizaba. Olga murió poco después, y Sviatoslav dividió el reino entre sus tres hijos: Yaropolk recibió Kiev, Oleg recibió las tierras de los drevlianos, y Vladímir —hijo de una concubina— recibió Nóvgorod. Esta división sembraría las semillas de futuras guerras fratricidas. De vuelta en Bulgaria en 970, Sviatoslav se encontró con que el nuevo emperador bizantino, Juan I Tzimisces —un brillante estratega armenio que había asesinado a Nicéforo Focas para ocupar el trono—, consideraba inaceptable la presencia rusa tan cerca de Constantinopla. Exigió la retirada de Sviatoslav, que se negó. La guerra fue feroz. En la batalla de Arcadiópolis (970), los rusos fueron rechazados, pero fue en 971 cuando Tzimisces lanzó su contraofensiva definitiva. Las tropas bizantinas, superiores en número y equipamiento, sitiaron a Sviatoslav en la fortaleza de Dorostolon (actual Silistra, en Bulgaria) durante tres meses. Los defensores rusos, agotados por el hambre y las salidas desesperadas, lucharon con valor legendario, pero finalmente tuvieron que capitular. Sviatoslav y Tzimisces se encontraron cara a cara en la orilla del Danubio. El cronista bizantino León el Diácono dejó una vívida descripción del príncipe ruso: "Era de estatura media, cejas espesas, ojos azules, nariz chata y un espeso bigote. Su cabeza rapada lucía un solo mechón de cabello, signo de nobleza". Sviatoslav se comprometió a abandonar Bulgaria para siempre y a no atacar los territorios bizantinos. Derrotado pero no humillado, emprendió el regreso a Kiev con los restos de su ejército. La tragedia final ocurrió en los rápidos del Dniéper. Los pechenegos, avisados por los bizantinos —o quizás por los búlgaros— de que Sviatoslav regresaba con un gran botín y pocos hombres, le tendieron una emboscada cerca de la isla de Jórtica. En la primavera de 972, Sviatoslav y sus hombres fueron masacrados. El kan pechenego Kurya ordenó hacer una copa con el cráneo del príncipe, recubierta de oro, en la que bebió para absorber su poder. Según la tradición, la copa llevaba la inscripción: "Buscando lo ajeno, perdiste lo propio". Sviatoslav murió pagano, guerrero hasta el final. Su reinado fue breve pero extraordinario: en apenas diez años destruyó un imperio —Jazaria—, conquistó Bulgaria y desafió a Bizancio. Sin embargo, su sueño balcánico fracasó, y su decisión de dividir el reino entre sus hijos desencadenó, tras su muerte, una guerra civil que casi destruye la obra de Rúrik y Oleg. Su hijo Vladímir, nacido de la concubina Malusha, estaba destinado a reunificar el reino y tomar la decisión que cambiaría para siempre el destino de Rusia: la adopción del cristianismo.