La historia de Francia es un fascinante relato de construcción política, cultural y social que abarca más de mil quinientos años. Desde los primeros reinos germánicos asentados tras la caída del Imperio Romano, pasando por el sueño imperial de Carlomagno, la consolidación feudal de los Capetos, la majestuosidad absoluta de los Borbones, la convulsión revolucionaria y la experiencia imperial, hasta la consolidación de la República en el siglo XX. Este relato no es solo la crónica de reyes y batallas, sino el relato de la formación de un Estado, una lengua y una identidad nacional que ha sido central en la historia de Occidente.
Los cimientos: Merovingios y Carolingios. La historia de Francia como entidad política diferenciada comienza con el reino de los francos. Clodoveo I, de la dinastía merovingia, unificó a las tribus francas, se convirtió al cristianismo y estableció un reino duradero. Sin embargo, el poder pasó gradualmente a los mayordomos de palacio, dando origen a la dinastía carolingia. Carlomagno forjó un imperio que abarcaba gran parte de Europa Occidental y fue coronado emperador en el año 800, fusionando la herencia romana, la cristiandad y las tradiciones germánicas. El Tratado de Verdún (843) dividió el imperio, y la parte occidental se convertiría en el germen de la Francia moderna.
La larga marcha de los Capetos. Con la ascensión de Hugo Capeto en 987, comenzó una dinastía que gobernaría Francia durante más de ochocientos años. Inicialmente, su poder era limitado, pero a través de una hábil política de expansión, matrimonios y consolidación territorial, los Capetos (y sus ramas Valois y Borbón) transformaron un pequeño dominio real en un poderoso estado centralizado. Figuras como Enrique IV, que pacificó las guerras de religión con el Edicto de Nantes, y Luis XIV, el "Rey Sol", que llevó la monarquía absoluta a su cenit en Versalles, marcaron épocas.
Revolución, Imperio y la Francia contemporánea. El antiguo régimen colapsó con la Revolución Francesa (1789), dando paso a un periodo de profundos cambios. La figura de Napoleón Bonaparte emergió para estabilizar el país, primero como Cónsul y luego como Emperador, expandiendo su imperio por Europa y legando un código legal duradero. Tras su caída, la monarquía fue restaurada, pero la semilla de la soberanía popular había sido plantada. El siglo XIX fue un tira y afloja entre monarquía (con Luis Felipe y el Segundo Imperio de Napoleón III) y república, hasta que la Tercera República se consolidó finalmente, llevando a Francia a través de las guerras mundiales y estableciendo las bases de la Francia republicana y laica que conocemos hoy.
La Dinastía Merovingia fue la primera casa real de los francos, gobernando desde el siglo V hasta el VIII en lo que hoy es Francia y parte de Alemania. Su nombre deriva de Meroveo, un líder semilegendario, aunque fue su nieto Clodoveo I quien unificó a las tribus francas y estableció las bases del reino. Clodoveo se convirtió al cristianismo niceno, lo que le granjeó el apoyo de la Iglesia y de la población galorromana. Bajo los merovingios, la ley fue codificada en la Ley Sálica y el reino se dividió frecuentemente entre herederos, siguiendo la tradición germánica. Este periodo, a menudo descrito como el de los "reyes holgazanes" (rois fainéants), vio el ascenso gradual del poder de los mayordomos de palacio (maior domus), prefigurando el advenimiento de la dinastía Carolingia. Su legado es la fusión de las culturas germánica y romana que daría origen a la Europa medieval.
Carlomagno, hijo de Pipino el Breve, es una de las figuras más colosales de la historia europea. Tras la muerte de su hermano Carlomán, unificó el reino franco y emprendió una incesante expansión militar. Conquistó el reino lombardo (774), sometió a los sajones tras una larga y brutal guerra de más de treinta años que incluyó la masacre de Verden (782), y creó la Marca Hispánica al sur de los Pirineos como zona de contención contra el Califato de Córdoba.
En la Navidad del año 800, el papa León III lo coronó Imperator Augustus en Roma, un acto de enorme trascendencia que restauraba la idea de un Imperio de Occidente y consagraba la fusión del poder germánico, la herencia romana y la autoridad papal. Más allá de la guerra, Carlomagno impulsó el "Renacimiento carolingio", un florecimiento de las artes, la literatura y la educación desde su corte en Aquisgrán. Promovió la minúscula carolingia (base de nuestra escritura actual), estandarizó la liturgia y creó una administración eficiente mediante condes y missi dominici (enviados del señor) para inspeccionar el reino. Su muerte en 814 marcó el fin de la unidad imperial, pero su figura se convertiría en el mito fundacional de Europa.
Con Carlos IV se extinguió la rama directa de los Capetos. La corona pasó a su primo Felipe de Valois (Felipe VI), iniciándose la dinastía Valois, rama menor de la familia capeta. La exclusión de las hijas de Luis X y de Eduardo III de Inglaterra (como nieto de Felipe IV) sentó un precedente para la aplicación de la ley sálica en Francia.
Figura emblemática del Renacimiento francés. Su reinado fue un continuo conflicto con el emperador Carlos V por la hegemonía en Europa. Obtuvo una gran victoria inicial en Marignano (1515), que le permitió conquistar Milán. Pero su suerte cambió: fue derrotado y capturado en Pavía (1525) y encarcelado en Madrid. Liberado tras firmar un tratado humillante que repudió nada más volver a Francia.
Fue un gran mecenas de las artes: invitó a Leonardo da Vinci a su corte, adquirió la *Gioconda* y construyó los espectaculares castillos del Loira (Chambord, Fontainebleau). Centralizó la administración real con la Ordenanza de Villers-Cotterêts (1539), que impuso el francés como lengua administrativa en lugar del latín. Su rivalidad con Carlos V marcó toda una época.
Nacido en Pau, en el seno de la Casa de Borbón, una rama de la dinastía capeta, fue educado en la fe calvinista por su madre, Juana de Albret, convirtiéndose en el líder natural del bando hugonote. Al morir el duque de Alenzón (1584), se convirtió en el heredero presunto del trono de Francia, lo que desencadenó la "Guerra de los Tres Enriques" contra el rey Enrique III y el ultra católico Enrique de Guisa.
Tras el asesinato de Enrique III, Enrique de Navarra le sucedió, pero una gran parte de Francia, liderada por la Liga Católica, le rechazaba. Consciente de que "París bien vale una misa", abjuró del protestantismo en 1593 en la basílica de Saint-Denis. Su conversión, más política que sincera, le permitió entrar en París al año siguiente y ser reconocido por la mayoría de sus súbditos.
Su gran obra fue el Edicto de Nantes (1598), que garantizaba la libertad de culto a los protestantes en ciertas plazas fuertes, poniendo fin a cuatro décadas de guerras de religión. Con la ayuda de su fiel ministro, el duque de Sully, saneó las finanzas, fomentó la agricultura ("la gallina en la olla de los campesinos") y las infraestructuras. Su política exterior se orientó a contener a los Habsburgo. Su asesinato a manos de François Ravaillac en 1610 truncó un reinado que había devuelto la paz y la prosperidad a Francia.
Luis XIV personifica el absolutismo clásico. Su minoría de edad estuvo marcada por la regencia de su madre, Ana de Austria, y el gobierno del Cardenal Mazarino, período de inestabilidad conocido como la Fronda. Esta revuelta nobiliaria marcaría profundamente al joven rey, que juró no volver a depender de la nobleza. A la muerte de Mazarino (1661), anunció que gobernaría en persona, sin primer ministro.
Construyó el monumental palacio de Versalles, un símbolo de su poder y una trampa dorada para la alta nobleza, a la que atrajo y mantuvo bajo su control con una rígida etiqueta cortesana. Sus ministros, como Colbert (hacienda y economía) y Louvois (ejército), provenían de la burguesía y le eran completamente leales. Revocó el Edicto de Nantes (1685), un acto de intolerancia religiosa que provocó la emigración de cientos de miles de hugonotes, dañando la economía francesa.
Su reinado fue una sucesión de guerras de agresión (Guerra de Devolución, Guerra de Holanda, Guerra de la Liga de Augsburgo, Guerra de Sucesión Española) que, si bien expandieron las fronteras de Francia hacia el este, también agotaron al país y sumieron al pueblo en la miseria. Murió en 1715 tras 72 años de reinado, el más largo de la historia europea, dejando un país poderoso pero agotado y endeudado, sentando las semillas de la crisis futura.
Bisnieto de Luis XIV, accedió al trono con sólo cinco años. Los primeros años de su reinado estuvieron marcados por la Regencia y, posteriormente, por el gobierno del cardenal Fleury (1726-1743), un período de paz y recuperación económica que le valió el sobrenombre de "el Bienamado". Sin embargo, su carácter indeciso, su desinterés por los asuntos de gobierno y su escandalosa vida privada, dominada por una sucesión de favoritas (como Madame de Pompadour y Madame du Barry), fueron minando gradualmente el prestigio de la monarquía.
Su política exterior fue errática y desastrosa. La Guerra de Sucesión Austriaca no reportó beneficios duraderos y la Guerra de los Siete Años (1756-1763) fue una catástrofe que supuso la pérdida de la mayor parte del imperio colonial francés (la India y Canadá pasaron a manos británicas). En el interior, sus intentos de introducir reformas fiscales para paliar la creciente deuda chocaron con la resistencia de los parlamentos (tribunales de justicia controlados por la nobleza) que defendían sus privilegios. Murió dejando un país con graves problemas financieros y una monarquía debilitada, un legado envenenado para su nieto.
Nieto de Luis XV, accedió al trono a los veinte años. Hombre bienintencionado, piadoso y culto (apasionado de la cerrajería y la geografía), carecía de la personalidad firme que requerían las circunstancias. Se dejó influir por su esposa, la impopular María Antonieta, y por las facciones cortesanas. Sus primeros ministros (Turgot, Malesherbes, Necker) intentaron reformas profundas, pero fracasaron ante la oposición de los privilegiados (nobleza y clero) que bloqueaban cualquier intento de hacerles pagar impuestos.
La quiebra del Estado le obligó a convocar los Estados Generales (1789), un acto que desencadenó la Revolución. Superado por los acontecimientos, su indecisión y las intrigas de la corte (como el juramento de no aceptar la Constitución Civil del Clero) le hicieron perder la confianza del pueblo. El intento de fuga a Varennes (1791) destruyó para siempre la imagen de un rey patriota. Sospechoso de conspirar con las potencias extranjeras, fue suspendido tras el asalto a las Tullerías (agosto de 1792). La Convención Nacional lo juzgó por traición y lo condenó a muerte. Fue guillotinado en la Plaza de la Revolución el 21 de enero de 1793, un acontecimiento que conmocionó a Europa.
Oficial de artillería corso, ascendió como una estrella durante la Revolución Francesa. Su brillante campaña en Italia (1796-1797) y en Egipto (1798-1799) lo convirtieron en un héroe nacional. En 1799, dio el golpe de Estado del 18 de Brumario y se convirtió en Primer Cónsul, instaurando un régimen autoritario pero eficaz que consolidó muchas de las conquistas revolucionarias.
Como Cónsul, pacificó el país, negoció con la Iglesia (Concordato de 1801) y, sobre todo, promulgó el Código Civil (1804), que recogía y unificaba el derecho francés y se convertiría en la base de los sistemas legales de media Europa. En 1804, se coronó Emperador. Sus campañas militares (Austerlitz, Jena, Friedland) lo hicieron dueño de Europa, derrotando una y otra vez a las coaliciones formadas contra él. Colocó a sus hermanos en los tronos de Nápoles, España, Holanda y Westfalia.
Su ambición y la resistencia de Gran Bretaña (batalla de Trafalgar, 1805) lo llevaron a cometer errores. La invasión de España (1808) fue un desgaste continuo. La campaña de Rusia (1812) fue un desastre absoluto. Derrotado en Leipzig (1813), abdicó en 1814 y fue exiliado a la isla de Elba. Regresó para los "Cien Días" (1815), pero fue definitivamente vencido en Waterloo. Murió exiliado en la remota isla de Santa Elena en 1821, dejando un mito y un legado imborrable.
Hijo de Felipe Igualdad (el duque de Orleáns que votó la muerte de Luis XVI), había luchado en las filas republicanas en las batallas de Valmy y Jemappes. Exiliado durante años en Suiza, Estados Unidos e Inglaterra, regresó a Francia con la Restauración. Su palacio, el Palais-Royal, era un centro de la oposición liberal a Carlos X.
Tras la Revolución de Julio, fue proclamado "Rey de los Franceses" (no de Francia), por voluntad de la nación, un símbolo de la soberanía popular. Su gobierno, liderado por figuras como Casimir Perier y, sobre todo, François Guizot, favoreció abiertamente los intereses de la alta burguesía financiera e industrial. Fue una época de prosperidad económica, de los primeros ferrocarriles y de la consolidación del capitalismo, pero también de una creciente desigualdad social y de una corrupción generalizada ("Enriqueceos", el famoso consejo de Guizot).
Su política inmovilista y la negativa a ampliar el sufragio (limitado a los más ricos) provocaron un creciente descontento entre las clases medias y populares, que cristalizó en la "campaña de los banquetes" (1847-1848). La prohibición de un banquete en París desencadenó la Revolución de 1848. Luis Felipe, sorprendido y sin apoyos, abdicó y huyó a Inglaterra, donde murió en 1850, poniendo fin a la última monarquía francesa.
Sobrino de Napoleón I, pasó su juventud en el exilio conspirando para restaurar el Imperio, con intentos de golpe fallidos en Estrasburgo (1836) y Boulogne (1840), que le llevaron a prisión. Evadido, regresó a Francia tras la Revolución de 1848 y, aprovechando el mito napoleónico y el miedo al "peligro rojo", fue abrumadoramente elegido presidente de la Segunda República. Su mandato fue un constante forcejeo con la Asamblea, hasta que en 1851 dio un golpe de Estado. Un año después, tras un plebiscito, restauró el Imperio como Napoleón III.
Su reinado se divide en dos fases: un "Imperio autoritario" inicial (hasta 1860) y un "Imperio liberal" posterior. Fue una época de gran crecimiento económico e industrial, con la modernización de París bajo la dirección del Barón Haussmann. Impulsó el comercio (tratado de libre comercio con Inglaterra) y la banca. En política exterior, fue ambicioso: participó en la Guerra de Crimea, apoyó la unificación italiana (a cambio de Niza y Saboya), y emprendió la fallida intervención en México para instalar a Maximiliano de Habsburgo como emperador.
El creciente poder de Prusia, liderada por Bismarck, supuso una amenaza. Napoleón III, con la salud quebrantada y aislado diplomáticamente, cayó en la trampa del telegrama de Ems. Francia declaró la guerra en 1870. Fue un desastre: el propio emperador fue capturado en la batalla de Sedán (2 de septiembre de 1870), lo que provocó su caída y el final del Segundo Imperio. Murió en el exilio en Inglaterra en 1873, dejando el recuerdo de un régimen que, si bien había modernizado Francia, terminó en un completo fracaso militar.
Francia ha sido un crisol de ideas y un actor central en la historia de Occidente. Desde la unificación franca hasta la proclamación de los Derechos del Hombre, su legado en política, cultura y pensamiento sigue vigente en el mundo contemporáneo.