La historia de Italia es la columna vertebral de la civilización occidental. Comienza con la mítica fundación de Roma en el 753 a.C., una aldea de pastores que se convertiría en el Imperio Romano, el más grande de la Antigüedad. Roma, bajo la República (509 a.C.) y luego el Imperio (27 a.C.), expandió su dominio por todo el Mediterráneo, creando un legado jurídico, arquitectónico, lingüístico y religioso imborrable. La caída del Imperio Romano de Occidente (476 d.C.) sumió a Italia en siglos de fragmentación: reinos ostrogodos, lombardos, el exarcado bizantino y la intervención franca. El Renacimiento (siglos XIV-XVI), nacido en Florencia, revolucionó el arte, la ciencia y el pensamiento con genios como Leonardo, Miguel Ángel y Maquiavelo. Italia era un mosaico de repúblicas (Venecia, Génova, Florencia), ducados (Milán, Saboya) y los Estados Pontificios.
Las ideas de la Revolución Francesa y Napoleón sacudieron la península, sembrando la semilla del nacionalismo. El Risorgimento —el resurgimiento— fue un movimiento liderado por Giuseppe Garibaldi, Giuseppe Mazzini y el Conde de Cavour. Bajo la casa real de Saboya, con Víctor Manuel II, Italia se unificó en 1861, aunque Roma se incorporó definitivamente en 1870. El nuevo Reino de Italia atravesó dificultades económicas y expansionismo colonial. La Primera Guerra Mundial trajo la victoria pero una «victoria mutilada» que alimentó el descontento. En 1922, Benito Mussolini instauró el régimen fascista, una dictadura que se alió con la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial. Tras la caída de Mussolini (1943) y la guerra civil, Italia se rindió en 1945. Un referéndum en 1946 abolió la monarquía y nació la República Italiana, que hoy conocemos.
Italia heredó de Roma el derecho, la lengua y la idea de imperio; del Renacimiento, la creatividad universal; del Risorgimento, la unidad nacional. El fascismo dejó una lección trágica sobre el totalitarismo, y la República construyó la democracia y la integración europea.