El Imperio Acadio (c. 2334-2154 a.C.) constituye el primer modelo de Estado imperial en la historia de la humanidad. Surgió en la baja Mesopotamia a partir de las conquistas de Sargón de Akkad, un caudillo semita que unificó las ciudades-estado sumerias bajo un gobierno central y extendió su dominio desde el golfo Pérsico hasta el Mediterráneo. La dinastía acadia —de origen semita— adoptó la escritura cuneiforme y la cultura sumeria, pero impuso el acadio como lengua administrativa, creando una síntesis cultural que perduraría milenios. Durante algo más de un siglo, el imperio alcanzó cotas de centralización, expansión y esplendor artístico nunca vistas, con reyes que se autoproclamaron «señores de las cuatro regiones» y, en el caso de Naram-Sin, incluso «dioses vivientes». El colapso final, provocado por invasiones gutis, sequías y revueltas internas, inauguró un período oscuro, pero el legado acadio —su administración, su épica y su concepción del poder real— influyó en todos los imperios posteriores de Oriente Próximo.
El Imperio Acadio unificó por primera vez Mesopotamia, creando un modelo de Estado, una lengua administrativa y un arte imperial que inspiraron a babilonios, asirios y persas. Su recuerdo perduró en leyendas durante milenios.