El Imperio Bizantino, también llamado Imperio Romano de Oriente, fue la prolongación directa del Imperio Romano en las provincias orientales. Su capital, Constantinopla —la «Nueva Roma»— fundada por Constantino I sobre la antigua Bizancio en el 330, se convirtió en el centro político, religioso y cultural de la cristiandad medieval durante más de un milenio. Mientras el occidente romano colapsaba ante las invasiones germánicas, el imperio oriental mantuvo las estructuras romanas: derecho romano, gobierno centralizado, ejército profesional y una red de ciudades. Pero también desarrolló una personalidad propia: lengua griega (aunque el latín perduró en la administración hasta el s. VII), fe ortodoxa, y una síntesis entre el legado clásico y el cristianismo. Su historia puede dividirse en etapas: la formación tardoantigua (s. IV-VI), las guerras defensivas contra persas, ávaros y árabes (s. VII-VIII), la expansión macedónica (s. IX-XI), las crisis de las Cruzadas y la restauración paleóloga (s. XIII-XV).
Origen y esencia: Tras la muerte de Teodosio I (395) el imperio se dividió de forma permanente. Arcadio en Oriente y Honorio en Occidente. Mientras Occidente se desintegraba, Oriente resistió gracias a sus murallas, su economía monetaria y su ubicación estratégica. El código de Teodosio II (438) y más tarde el Corpus Juris de Justiniano (529-534) consolidaron el derecho romano. El emperador era vicario de Dios en la tierra, autócrata, cabeza de la Iglesia (cesaropapismo) y comandante supremo. La corte desarrolló un ceremonial sacro que envolvía al basileus de un aura divina.
Siglos de gloria y crisis: Con Justiniano I (527-565) el imperio alcanzó su máxima extensión mediterránea: reconquista de Italia, África y sur de Hispania. Pero las guerras agotaron los recursos. A su muerte, los lombardos invadieron Italia, y en el siglo VII, los persas sasánidas llegaron a las puertas de Constantinopla; Heraclio (610-641) logró una victoria pírrica, pero inmediatamente surgió el Islam, arrebatando para siempre Siria, Egipto y el norte de África. El imperio se helenizó, adoptando el griego como lengua oficial y reorganizándose en themas (provincias militares). La dinastía isáurica (León III) defendió la fe con la iconoclasia, conflicto que dividió el imperio. La dinastía Macedonia (867-1056) trajo un renacimiento cultural y militar: Basilio II cegó a 14.000 búlgaros y expandió las fronteras hasta el Éufrates.
Decadencia y caída: Tras Manzikert (1071) Anatolia se perdió ante los turcos selyúcidas. Los Comneno (Alejo I, Juan II, Manuel I) lograron restaurar el poder con ayuda de las Cruzadas, pero la Cuarta Cruzada (1204) desviada por Venecia, tomó y saqueó Constantinopla, instaurando un Imperio Latino. Los griegos reorganizaron estados sucesores: Nicea, Epiro, Trebisonda. Miguel VIII Paleólogo reconquistó la capital en 1261, pero el imperio restaurado era un pequeño estado rodeado de enemigos. Guerras civiles, dependencia de mercenarios turcos y la peste negra minaron su capacidad. A fines del s. XIV los otomanos redujeron Bizancio a Constantinopla y el Peloponeso. Tras un fallido intento de unión con Roma, Constantino XI murió luchando en las murallas el 29 de mayo de 1453, cuando Mehmed II entró en la ciudad. El Imperio Romano había llegado a su fin.
A continuación se presentan los principales emperadores bizantinos, desde Constantino I hasta Constantino XI, con biografías que siguen la tradición de Plutarco, Procopio y los cronistas medievales. La nómina incluye a los gobernantes más representativos de cada dinastía que forjaron, administraron y finalmente perdieron el Imperio Romano de Oriente.
El Imperio Bizantino preservó la herencia grecorromana durante la Edad Media, transmitió el derecho romano a Europa, desarrolló el arte de los iconos y defendió la cristiandad oriental durante más de mil años. Su influencia perdura en las iglesias ortodoxas, el derecho civil y la concepción del poder imperial.