El Imperio Hitita (Banu Hatti, según las crónicas) constituye la primera gran potencia indoeuropea de la historia, transformando las ciudades-estado de Anatolia en un Estado imperial con capital en Hattusa. Su gobierno extendió la soberanía hitita desde el mar Egeo hasta el Éufrates, forjando una administración centralizada que rivalizó con Egipto y Babilonia. Fue también un período de extraordinarias tensiones internas: las conjuras palaciegas y los asesinatos dinásticos marcaron su devenir.
Contexto y advenimiento: Tradicionalmente se considera a Labarna I como el primer gran soberano, pero es Hattusili I quien traslada la corte a Hattusa y emprende campañas hacia Siria. Hábil político y guerrero, estableció un sistema de sucesión, aunque las luchas por el trono fueron frecuentes. Siria, rica y estratégica, se convirtió en el objetivo central. Durante los siguientes siglos los hititas expandieron su dominio hacia el oeste (Arzawa) y el este (Mitanni).
Organización y cultura: Adoptaron estructuras administrativas de los hatitas y hurritas, pero conservaron su lengua indoeuropea (nesita) y desarrollaron un sistema legal propio. Grandes obras arquitectónicas como las murallas de Hattusa, el santuario de Yazilikaya y los tratados internacionales reflejan el prestigio del Estado. No obstante, el descontento de los vasallos y la presión de los Pueblos del Mar aceleraron su ocaso. Tras la caída de Hattusa (c. 1180 a.C.), la herencia hitita pervivió en los reinos neohititas del norte de Siria.
Legado: El período hitita definió la identidad anatolia, consolidó el uso del hierro y legó el primer tratado de paz documentado. La presente relación incluye a todos los grandes reyes hititas desde Labarna hasta Suppiluliuma II, siguiendo las tablillas de Bogazköy, los anales reales y las fuentes egipcias.
El Imperio Hitita transformó para siempre Anatolia y el Próximo Oriente, fusionando administración, guerra y fe, y dejando un legado que perdura en la memoria de Oriente y Occidente.