El Imperio Otomano fue uno de los Estados más longevos y poderosos de la historia universal. Nacido a finales del siglo XIII como un pequeño beylicato (principado) en el noroeste de Anatolia, logró en sólo doscientos años borrar del mapa al Imperio Bizantino, unificar bajo su ley a los pueblos del Próximo Oriente y el Mediterráneo oriental, y durante más de seis siglos proyectó su sombra desde las puertas de Viena hasta las arenas de Yemen, desde el Cáucaso hasta Argel. Los otomanos, descendientes de la tribu Kayı de los turcos oghuz, crearon un imperio multiétnico y multirreligioso cuya capital, Constantinopla (la actual Estambul), se convirtió en el centro del mundo islámico suní. La dinastía osmanlí, fundada por Osman I, gobernó sin interrupción durante 36 sultanes hasta la abolición del sultanato en 1922.
Orígenes y consolidación (1299-1453): Aprovechando la debilidad de los selyúcidas y la fragmentación bizantina, los primeros sultanes (Osman, Orhan, Murad I) expandieron sus dominios en Anatolia y los Balcanes. Establecieron la primera capital en Bursa, crearon el cuerpo de jenízaros (yeniçeri) y derrotaron a los serbios en Kosovo (1389). Bayezid I sometió vastos territorios, pero fue derrotado por Tamerlán en 1402, sumiendo al imperio en un interludio de guerra civil (Interregno). Mehmed I reunificó el Estado y Murad II consolidó las fronteras, preparando el terreno para la gesta definitiva.
Conquista de Constantinopla y apogeo clásico (1453-1566): El 29 de mayo de 1453, Mehmed II «el Conquistador» tomó Constantinopla, poniendo fin a mil años de Imperio Bizantino. La ciudad se transformó en la nueva capital otomana. Durante el siglo siguiente, Selim I (el «Severo») conquistó Siria, Egipto y el Hiyaz, asumiendo el califato. Su hijo, Süleyman I «el Magnífico» (1520-1566), llevó el imperio a su máxima extensión territorial, militar y cultural: sitió Viena, dominó el Mediterráneo (Barbarroja), codificó leyes (Kanun) y fue mecenas de la arquitectura (Sinán).
Transformación, estancamiento y reformas (1566-1789): Tras Süleyman, el imperio comenzó una lenta pero persistente transformación. Los sultanes fueron perdiendo poder ejecutivo en favor de la burocracia y las mujeres del harén (Sultanato de las Mujeres). Las derrotas militares en Lepanto (1571) y contra la Liga Santa marcaron el fin de la invencibilidad. Sin embargo, el siglo XVII aún vio figuras enérgicas como Murad IV (que reconquistó Bagdad) y una continuidad administrativa. La derrota ante Viena en 1683 y el posterior Tratado de Karlowitz (1699) señalaron la primera gran cesión territorial.
Declive, Tanzimat y ocaso (1789-1922): El siglo XIX estuvo marcado por los intentos de modernización (reformas Tanzimat) para evitar el colapso frente al nacionalismo balcánico y la presión de Rusia y las potencias europeas. Sultanes como Mahmud II (que abolió los jenízaros) y Abdulmecid I impulsaron cambios profundos. Pero el imperio, «el hombre enfermo de Europa», perdió progresivamente sus territorios. La participación en la Primera Guerra Mundial del lado de las Potencias Centrales resultó fatal: los aliados ocuparon Estambul y el Tratado de Sèvres desmembró el imperio. La Guerra de Independencia turca, liderada por Mustafa Kemal, llevó a la abolición del sultanato en 1922 y al nacimiento de la República de Turquía en 1923, poniendo fin a seis siglos de dinastía osmanlí.