El Imperio Romano constituye la formación política más influyente de la Antigüedad occidental. Su legado en derecho, lengua, arquitectura, administración y cultura moldeó Europa y el Mediterráneo durante milenios. Nacido de las guerras civiles que pusieron fin a la República romana, el Imperio se inauguró con el principado de Augusto (27 a.C.) y perduró en Occidente hasta la deposición de Rómulo Augústulo (476 d.C.). En Oriente (Imperio Bizantino) continuó hasta 1453. La historia del Imperio puede dividirse en varias etapas: el Principado (Alto Imperio), caracterizado por la fachada republicana y la concentración real de poderes en el emperador; la crisis del siglo III, con guerras civiles, presión bárbara e inflación; la Tetrarquía de Diocleciano y el posterior Imperio cristiano de Constantino; y finalmente la división definitiva en dos mitades y el colapso de la parte occidental bajo el peso de las invasiones germánicas.
Fundación y apogeo (27 a.C. – 192 d.C.): Octaviano, tras vencer a Marco Antonio y Cleopatra, recibió del Senado el título de Augusto. Instauró una monarquía militar disfrazada de república, con control sobre las provincias fronterizas y el tesoro. Sus sucesores (Tiberio, Calígula, Claudio, Nerón) consolidaron el sistema, aunque con tiranos y crisis dinásticas. La dinastía Flavia (Vespasiano, Tito, Domiciano) restauró la estabilidad tras el año de los cuatro emperadores (69 d.C.). Con los Antoninos (Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pío, Marco Aurelio, Cómodo) el Imperio alcanzó su máxima extensión y un periodo de paz y prosperidad (Pax Romana). Trajano conquistó Dacia, Mesopotamia y el golfo Pérsico; Adriano consolidó fronteras (muro de Britania) y helenizó Oriente. Marco Aurelio pasó su reinado defendiendo el Danubio.
Transformación y crisis: Cómodo, hijo de Marco Aurelio, rompió la tradición adoptiva y su asesinato sumió al Imperio en guerras civiles. Septimio Severo fundó una dinastía militar, pero sus hijos (Caracalla, Geta) y los emperadores sirios (Heliogábalo, Alejandro Severo) no pudieron evitar la anarquía militar. A partir de 235 se suceden más de veinte emperadores en cincuenta años, la mayoría proclamados por las legiones y muertos violentamente. Las fronteras cedieron: los francos cruzan el Rin, los godos saquean Grecia, y el Imperio galo y el de Palmira se separan. Claudio II y Aureliano reunificaron el Imperio, pero fue Diocleciano quien, mediante la Tetrarquía (dos augustos y dos césares), restauró la autoridad y emprendió reformas económicas y administrativas. Su abdicación forzada abrió paso a las luchas entre tetrarcas, de las que Constantino I emergió como único Augusto. Constantino legalizó el cristianismo (Edicto de Milán, 313) y fundó Constantinopla, la nueva Roma. La dinastía constantiniana mantuvo la unidad hasta la muerte de Juliano (363).
División y ocaso de Occidente: A la muerte de Teodosio I (395), el Imperio se dividió definitivamente entre sus hijos: Honorio (Occidente) y Arcadio (Oriente). Mientras Oriente resistió, Occidente sufrió invasiones masivas: visigodos, vándalos, suevos, alanos, hunos. Roma fue saqueada en 410 (Alarico) y 455 (Genserico). Emperadores fantasma controlados por generales bárbaros se sucedieron sin poder real. En 476, el hérulo Odoacro depuso al niño Rómulo Augústulo y devolvió las insignias a Constantinopla, fin simbólico del Imperio Romano de Occidente. La siguiente lista recoge todos los emperadores reconocidos tradicionalmente, incluyendo los de la Tetrarquía y los últimos gobernantes occidentales, con especial atención a los que rigieron la totalidad o parte del Imperio, siguiendo las fuentes clásicas (Tácito, Suetonio, Dión Casio, Historia Augusta, etc.).