El Imperio Selyúcida fue una poderosa dinastía turco-islámica que dominó Oriente Medio y Anatolia entre los siglos XI y XIII. De origen oguz, los selyúcidas unificaron bajo su estandarte a las tribus turcomanas y se convirtieron en protectores del califato abasí, frenando la expansión fatimí y devolviendo el predominio sunní al Islam. Su llegada transformó el equilibrio de poder: en 1071, Alp Arslan aplastó al Imperio Bizantino en Manzikert, abriendo las puertas de Anatolia a la migración turca. Bajo Malik Shah y su visir Nizam al-Mulk, el imperio alcanzó su cenit cultural, con figuras como Omar Khayyam y la fundación de las escuelas nizamiyya.
Contexto y auge: La dinastía debe su nombre a Selyuq, jefe oguz asentado en Jorasán. Sus nietos Togrul y Chaghri conquistaron Persia y en 1055 Togrul entró en Bagdad, liberando al califa de la tutela buyí. A partir de entonces gobernaron como sultanes, con autoridad religiosa delegada. El imperio se extendió desde Siria hasta Transoxiana, pero tras la muerte de Malik Shah (1092) estallaron luchas sucesorias que coincidieron con la Primera Cruzada. Los cruzados aprovecharon la fragmentación para establecer estados en el Levante.
Rama occidental y ocaso: Una rama menor, los Selyúcidas de Rum (o de Anatolia), estableció su capital en Nicea y luego en Konya. Durante el siglo XIII vivieron un esplendor comercial y cultural bajo Kayqubad I, pero la invasión mongola y la derrota de Kösedağ (1243) los redujo a vasallos del Ilkanato. El último sultán, Mesud II, murió hacia 1307, y de sus restos surgieron los beylicatos turcomanos, entre ellos el otomano.
Legado: Los selyúcidas sentaron las bases del futuro dominio turco en Anatolia, consolidaron el sunnismo frente a chiíes y ismailíes, y legaron una extraordinaria arquitectura de caravasares, madrasas y mezquitas (Mezquita Azul de Tabriz, Alaeddin de Konya). En las siguientes páginas se relacionan todos los sultanes de la Gran Selyúcida y de Rum, basado en las crónicas de Ibn al-Athir, Rāwandī y fuentes arqueológicas.
La dinastía se extinguió en 1307. Los beylicatos turcomanos, incluido el otomano, heredaron su legado.
Los selyúcidas transformaron Oriente Próximo, unificando el Islam sunní y abriendo Anatolia a los turcos. Su herencia arquitectónica y cultural pervive en Irán, Irak y Turquía.