Un relato profundo y pausado desde los disparos en Sarajevo hasta la firma de los tratados que redefinieron el mundo. Más de 70 millones de movilizados, imperios derrumbados y un nuevo orden que gestó una paz frágil.
A comienzos del siglo XX, Europa vivía una aparente belle époque de progreso tecnológico y cultural. Sin embargo, bajo esa superficie de optimismo, bullían tensiones profundas. Los imperios multinacionales —Austria-Hungría, el Otomano, Ruso y Alemán— se enfrentaban a la presión de los nacionalismos. Las potencias industriales competían por mercados y colonias en África y Asia, mientras se sucedían crisis marroquíes y balcánicas que avivaban la desconfianza.
El sistema de alianzas dividió el continente en dos bloques antagónicos: la Triple Alianza (Alemania, Austria-Hungría e Italia) y la Triple Entente (Francia, Rusia y Reino Unido). La carrera armamentística, especialmente naval entre Alemania e Inglaterra, había disparado el gasto militar. Los Balcanes, apodados el "polvorín de Europa", eran el escenario de continuas guerras que despertaban los sueños expansionistas de Serbia, respaldada por Rusia. Solo faltaba una chispa.
El historiador Jacques Pirenne señala que detrás de la guerra se encontraban los imperialismos continentales: Alemania, Austria-Hungría y Rusia empujaban hacia una guerra preventiva o de expansión. Mientras tanto, Francia e Inglaterra, inmersas en reformas sociales, deseaban la paz, pero quedaron atrapadas por sus compromisos de alianza.
Las masas obreras organizadas en la Segunda Internacional proclamaban su oposición a la guerra, pero el patriotismo terminó imponiéndose a la solidaridad de clase cuando sonaron los tambores. El Tratado de Bucarest (1913) había dejado una tensión extrema: Austria-Hungría, decidida a aplastar a Serbia, buscó el respaldo alemán. Alemania, con una psicosis de guerra extendida en sus élites militares, consideraba inevitable el conflicto con Rusia y Francia.
El 28 de junio de 1914, el heredero del trono austrohúngaro, el archiduque Francisco Fernando, fue asesinado en Sarajevo por el joven bosnio Gavrilo Princip, miembro de la organización nacionalista serbia "Mano Negra". Austria-Hungría, con el respaldo del "cheque en blanco" del káiser Guillermo II, lanzó un durísimo ultimátum a Serbia el 23 de julio. Serbia aceptó casi todas las condiciones, excepto la que permitía la participación de funcionarios austriacos en la investigación interna. Viena rompió relaciones y declaró la guerra el 28 de julio.
El sistema de alianzas se puso en marcha. Rusia movilizó en apoyo de Serbia; Alemania declaró la guerra a Rusia el 1 de agosto y a Francia el 3 de agosto. Cuando las tropas alemanas invadieron Bélgica (neutral), Gran Bretaña declaró la guerra a Alemania el 4 de agosto. El continente se precipitaba al abismo.
El plan alemán (Plan Schlieffen) preveía una rápida invasión de Francia a través de Bélgica para derrotarla en seis semanas, y luego concentrar todas las fuerzas contra Rusia. Sin embargo, la heroica resistencia belga en Lieja retrasó el avance. El ejército francés, al mando del general Joffre, logró detener a los alemanes en la primera batalla del Marne (septiembre de 1914). Ambos bandos intentaron flanquearse hacia el norte, en la llamada "carrera hacia el mar", hasta que el frente se estabilizó en una línea de trincheras desde el Canal de la Mancha hasta Suiza. La guerra de movimientos había terminado; comenzaba la guerra de desgaste.
En el frente oriental, los rusos invadieron Prusia Oriental, pero fueron aniquilados en Tannenberg (agosto de 1914). El Imperio austrohúngaro fue rechazado por Serbia y sufrió enormes pérdidas en Galitzia frente a los rusos.
El año 1915 trajo la consolidación del sistema de trincheras. Los ataques frontales se cobraban cientos de miles de vidas por avances de apenas unos cientos de metros. En el frente occidental, franceses y británicos atacaron en Artois y Champaña sin éxito. Los alemanes introdujeron gases tóxicos en Ypres (abril de 1915).
Italia, seducida por las promesas territoriales de la Entente (Tratado de Londres, 1915), declaró la guerra a Austria-Hungría en mayo, abriendo el frente del Isonzo. Bulgaria se unió a las Potencias Centrales en octubre, aplastando a Serbia. El imperio otomano resistió en los Dardanelos infligiendo una dura derrota a los aliados en Gallipoli.
En 1916, Alemania intentó desangrar al ejército francés en la batalla de Verdún (febrero-diciembre). El general Falkenhayn quería "hacer correr la sangre" de Francia. Los franceses, bajo el lema "No pasarán", resistieron con heroísmo. Pétain organizó la "Voie Sacrée" para abastecer la plaza. La batalla causó más de 700.000 bajas entre ambos bandos.
Para aliviar la presión sobre Verdún, los británicos lanzaron la ofensiva del Somme (julio-noviembre de 1916). El primer día, el ejército británico sufrió 60.000 bajas, la peor jornada de su historia. Los tanques hicieron su primera aparición. El balance final fue de más de un millón de heridos y muertos sin cambios estratégicos significativos.
El desgaste de la guerra, el hambre y el descontento popular provocaron la Revolución de Febrero de 1917 en Rusia. El zar Nicolás II abdicó y se formó un Gobierno Provisional, que decidió continuar la guerra. La desmoralización del ejército era total. En octubre, los bolcheviques de Lenin tomaron el poder mediante la Revolución de Octubre. Una de sus primeras medidas fue firmar el armisticio con Alemania.
Las negociaciones condujeron al Tratado de Brest-Litovsk (marzo de 1918), por el que Rusia cedía Finlandia, los países bálticos, Polonia, Ucrania y parte del Cáucaso. Alemania trasladó entonces decenas de divisiones hacia el frente occidental para intentar una ofensiva decisiva.
La guerra submarina sin restricciones decretada por Alemania en 1917 y el telegrama Zimmermann (en el que Alemania proponía a México una alianza contra EE.UU.) volcaron la opinión pública norteamericana. El presidente Woodrow Wilson pidió al Congreso la declaración de guerra el 2 de abril de 1917, y el 6 de abril Estados Unidos entró en el conflicto.
Wilson presentó sus "Catorce Puntos" (enero de 1918), una propuesta de paz basada en la libertad de los mares, el fin de la diplomacia secreta, la reducción de armamentos y la creación de una Sociedad de Naciones. Su idealismo contrastaba con los objetivos imperialistas de los aliados europeos.
En marzo de 1918, el general Ludendorff lanzó la "Operación Michael", una serie de ofensivas masivas para romper el frente occidental antes de la llegada masiva de tropas estadounidenses. Los alemanes avanzaron decenas de kilómetros, pero no lograron una ruptura decisiva. Los aliados, unificados bajo el mando del mariscal Foch, resistieron.
En julio, la segunda batalla del Marne marcó el punto de inflexión. Los aliados, con tanques y aviación, contraatacaron y los alemanes iniciaron una retirada ininterrumpida. La "ofensiva de los Cien Días" (agosto-noviembre) empujó al ejército alemán de vuelta a sus fronteras.
En Alemania, el Alto Mando informó al káiser de que la guerra estaba perdida. El 9 de noviembre de 1918, Guillermo II abdicó y huyó a Holanda. Se proclamó la República. El 11 de noviembre, a las 11 de la mañana, en un vagón de ferrocarril en el bosque de Compiègne, los delegados alemanes firmaron el armisticio. Cesaban los combates en el frente occidental.
Austria-Hungría se había desmembrado antes de firmar el armisticio de Villa Giusti (3 de noviembre). Checoslovacos, yugoslavos, polacos y húngaros proclamaron su independencia. El Imperio otomano firmó el armisticio de Mudros (30 de octubre). Los cuatro grandes imperios (alemán, austrohúngaro, ruso y otomano) habían colapsado.
El saldo humano fue atroz: aproximadamente 10 millones de muertos y 20 millones de heridos. Ciudades enteras arrasadas, campos devastados. Los tratados de paz (Versalles con Alemania, Saint-Germain con Austria, Trianon con Hungría, Neuilly con Bulgaria y Sèvres con Turquía) rediseñaron el mapa de Europa y Oriente Medio.
Alemania fue obligada a aceptar la "cláusula de la culpa" (artículo 231), pagar reparaciones astronómicas, perder sus colonias y territorios como Alsacia-Lorena, y sufrir severas limitaciones militares. Nacieron nuevos estados: Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia, Hungría, Austria, los países bálticos. La Sociedad de Naciones fue creada, pero Estados Unidos no se unió.
Las semillas del resentimiento en Alemania, la inestabilidad económica y el miedo al comunismo allanaron el camino para los totalitarismos que llevarían al mundo a una nueva y aún más destructiva guerra dos décadas después.
La Primera Guerra Mundial destruyó la hegemonía europea en el mundo. El liberalismo occidental, que parecía imparable, comenzó a retroceder frente al comunismo soviético y el naciente fascismo. La Gran Guerra no resolvió las tensiones nacionalistas ni imperialistas; simplemente las congeló en un armisticio de veinte años.
Millones de jóvenes habían muerto por unas fronteras que volverían a ser disputadas. La guerra transformó la sociedad: la mujer se incorporó masivamente al trabajo, la tecnología bélica avanzó vertiginosamente, y el arte y la literatura reflejaron la desolación de una generación perdida. El recuerdo de las trincheras, el lodo, el gas y el horror impregna la memoria colectiva de Europa.
Basado en: J. Pirenne, "Historia Universal"; M. Ferro, "La Gran Guerra"; testimonios de época.